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Descripcion Geografica, Historica y Estadistica de Bolivia written by Alcides de Orbigny

A >> Alcides de Orbigny >> Descripcion Geografica, Historica y Estadistica de Bolivia

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El Padre Juan de Espejo salio de la mision de San Jose en 1694 para ir a
visitar las naciones de los _Correcomeros_ y _Chucupupeonos_, enemigos
mortales de los Moxos, y logro con dadivas ser bien recibido.

Finalmente, en 1696 se contaban ya, en la nacion de Moxos, segun el
decir del Padre Eguiluz, diez y nueve mil setecientos ochenta y nueve
indios cristianos. Cuando se considera que desde el ano de 1674, no
habian penetrado en la provincia sino _veintitres_ Jesuitas, no se puede
menos de admirar el resultado a que habian llegado, en el cortisimo
tiempo de veintidos anos, cambiando totalmente el aspecto del pais y
reformando los usos y costumbres de unos hombres enteramente salvages.

Veianse combinados en esta conquista espiritual dos elementos de
prosperidad: el hierro, que por vez primera se ponia en manos de los
indigenas, y que llego a ser la moneda corriente con que se ganaba a los
hombres; y esa dulzura, esa paciencia con que se portaban los
misioneros, a quienes sus variados conocimientos le permitian hacer al
mismo tiempo, de medicos, de cirujanos y de enfermeros, curando
indisposiciones y dolencias mortales como la disenteria, etc. Era pues
muy justo que se grangeasen mas y mas la gratitud y buena voluntad de
los indios, que deseaban con ansia convertirse al cristianismo para
gozar, como se les prometia, de mayores ventajas que las conocidas. Por
otra parte, no habia trabajos manuales, por penosos que fuesen, a los
que no se entregasen estos Jesuitas con la mas noble solicitud a fin de
instruir a los naturales, ejerciendo en sus misiones los oficios, de
arquitecto, de albanil, de carpintero, de pintor, de tornero, de
herrero, de cerragero, de sastre, de zapatero, y finalmente, la
profesion de todas las artes mecanicas.

Entre tanto, hablan ya logrado su primero y mas esencial objeto, que era
modificar las costumbres y cimentar la buena moral. La poligamia habla
dejado de existir entre los indigenas, que temian el enojo de Dios: la
infinidad de supersticiones de su estado salvage, asi como las barbaras
costumbres que a ellas se ligaban, habian tambien desaparecido
completamente. Ya no se exedian en el uso de las bebidas espirituosas; y
observando religiosamente casi todas las reglas de conducta que los
Padres les dictaban, hasta habian llegado a no desear los bienes agenos.

Habiendo sido en el estado salvage fanaticos y crueles en el mas alto
grado para guardar la observancia de sus creencias supersticiosas, no
pudieron abrazar la religion catolica, sin dejarse llevar de igual
exageracion; por lo que fue muy facil sujetarlos a todas la reglas del
cristianismo. Los indios que aun no estaban bautizados de dirigian en
tumulto a oir los sermones diarios de los misioneros; y los que ya lo
estaban, asistian puntualmente a la misa en los dias de fiesta, y alguna
vez en los ordinarios, particularmente los sabados para cantar y rezar
en coro manana y tarde, ya en espanol, ya en moxo. Puede decirse empero,
a este respecto, que los Jesuitas dejaron ir muy lejos a los fanaticos
Moxos, sometiendolos a ese regimen severo, reservado unicamente para el
claustro. Un inmenso espacio de tiempo era empleado por estos indios en
los ejercicios de iglesia, comulgaban a menudo, y por la mas minima
falta religiosa se les azotaba a ruego de ellos mismos como por
cualquier delito ordinario[1]. El Padre Eguiluz, hablando de la semana
santa, dice que todos los individuos, sin distincion de edad, se
confesaban y comulgaban. El viernes santo, mientras duraba el sermon de
la pasion, dabanse todos "muchas bofetadas y golpes de pechos ..."
"Luego se ordena la procesion por la plaza, y calles principales,
llevando en unas andas la imagen de bulto de Cristo crucificado, y en
otras la de la Santisima Virgen, con mas de doscientas luces, en un
silencio y compostura tan grande que no se oye una palabra, sino los
azotes de un crecido numero de penitentes de sangre, arrastrando sogas y
palos pesados, y otros vestidos de nazareno, con cruces a los hombros,
cantando los coros de musicos el miserere ..." "Varios coros en la
iglesia cantan lamentaciones, mientras duran las penitencias y
penitentes que van pasando delante del monumento, haciendo reverencia y
mas recia disciplina a vista de la imagen de Cristo crucificado[2]."
Cuando sobrevenia una peste, inmediatamente se rezaba una novena,
acompanada de ayunos y otras penitencias; entonces;--"cada noche hay
platica y acto de contricion, y se van siguiendo las parcialidades a
hacer disciplina, y si algunos por viejos, o por la novedad del
ejercicio, su dan con poca fuerza, se enojan los oyentes, y le rinen que
apriete la mano[3]." Asi pues, segun el estado de exageracion religiosa
de la Espana en aquella epoca, los Jesuitas a mas de los principios de
sana moral y de la religion catolica, impusieron a los fanaticos Moxos
esos castigos corporales, que los ultrajaban, quitandole no poco a su
dignidad de hombres.

[Nota 1: Cuando delinquian los indios en lo mas minimo, ellos mismos
pedian el castigo. Se les ponia en el cepo, y recibian sobre el cuerpo
desnudo un numero de azotes proporcionado al delito.]

[Nota 2: _Relacion de la mision apostolica de los Moxos_ (pag. 62),
impresa en 1696.]

[Nota 3: _Id._, pag. 63.]

No dejaron entre tanto los Padres jesuitas, desde el mencionado ano de
1696, de llevar adelante sus conquistas; y aprovechando de la fama, ya
muy divulgada, del bien estar de que disfrutaban los Moxos cristianos,
formaron sucesivamente, San-Pedro con los _Canichanas_; Santa-Ana con
los _Moximas_; Exaltacion con los _Cayuvavas_; San-Joaquin, Concepcion,
San-Simon y San-Martin con los _Baures_ y sus tribus; finalmente,
Magdalena con los _Itonamas_. Parece, sin embargo, que la conversion de
estas naciones salvages no se efectuo sin que costase la vida a algunos
religiosos[1]; pero esto nunca hizo flaquear la constancia de los
Jesuitas, que persistieron en su proposito hasta someter la provincia
entera.

[Nota 1: El P. Cipriano Barace fue muerto por los Baures en 1702.
(_Choix de lettres edifiantes_, t. VII, pag. 322.)]

En 1742, los aventureros portugueses de San-Pablo, que ocupaban la
provincia de Mato-Groso, hicieron su primera espedicion bajando el rio
Itenes o Guapore. Entonces, fue cuando Manuel de Lima, acompanado de
cinco indios, tres mulatos y un negro, bajo en una canoa por los rios
Guapore, Mamore, Madeira y Maranon hasta el pueblo de Para[1].

[Nota 1: _Corografia brasilica_, t. I, pag. 259.]

Poco mas o menos hacia la misma epoca, calculando los Jesuitas la
importancia de la navegacion de los rios, habian establecido la mision
de San-Simon, muy inmediata al Guapore; y mas tarde, en 1743, la de
Santa-Rosa, en el mismo sitio donde se encuentra hoy en dia el Fuerte de
Beira perteneciente a los Brasileros, es decir, sobre la ribera derecha
del rio Itenes; pero celosos los Portugueses de semejante empresa,
espulsaron en 1752 a los Jesuitas[2], so pretesto de que estos les
impedian el paso sobre sus propias posesiones; y don Antonio Rolin, para
apoderarse definitivamente del dominio del rio, mando construir la
fortaleza que alli se ve actualmente.

[Nota 2: _Corografia brasilica_, t. I, pags. 259 y 262.]

Despues de todo esto, el primer cuidado de los religiosos fue consolidar
la existencia de sus misiones, introduciendo todas las mejoras posibles:
con este fin, trageron de Santa-Cruz numerosos ganados; estimularon a
los habitantes a los trabajos de labranza; perfeccionaron el tegido, ya
en practica entre los Baures; ensenaron toda clase de oficios manuales;
y multiplicaron las ceremonias religiosas como para dar con ellas un
intervalo de agradable reposo a los trabajadores. Ensenaronles la musica
y a tocar todos los instrumentos europeos, sacando tambien algun partido
de los usados en el pais antes de su llegada. Crearon muchos empleos
para premiar con la concesion de ellos, tanto la buena conducta, como
los adelantos industriales. Bien pronto, los inmensos campos de
cacahuales dieron abundantisimas cosechas, los varios talleres
produjeron tegidos y otros objetos de fabricacion, que llevados a
Santa-Cruz, y luego al Peru, daban en retorno de mercancias, lo
suficiente para abastecer a la provincia. Cada iglesia llego a ser un
templo suntuoso, lleno de ornamentos, de estatuas, y sobre todo de
numerosas chapas de oro y plata. Casas de un piso alto brindaban a los
religiosos comodo alojamiento, al mismo tiempo que servian de espaciosos
talleres para los artesanos: las viviendas de los naturales, colocadas
en hilera alrededor de una plaza, estaban dispuestas del mejor modo
posible para la ventilacion. Por ultimo, en los cincuenta anos
trascurridos desde la entrada de los Jesuitas, las diversas naciones
salvages que ocupaban el territorio de Moxos, llegaron a formar quince
misiones o grandes pueblos, en donde florecian la industria agricola y
fabril.

Es menester por tanto que la administracion de los Jesuitas en la
provincia de Moxos, cuyas misiones dependian del Peru, haya sido tan
progresiva como en Chiquitos que dependia del Paraguay. Desde luego no
se consiguio como se deseaba generalizar en ella un solo idioma. Esta
provincia tenia, lo mismo que la de Chiquitos, un superior subordinado
al colegio de Cochabamba o de Charcas, y cada una de sus misiones, dos
religiosos, encargado el uno del gobierno espiritual, y el otro de la
administracion y de los talleres. Empero, lejos de gozar todos los
indigenas de igualdad de privilegios, como sucedia en Chiquitos, estaban
divididos en dos clases hereditarias; _las familias,_ compuestas de
artesanos de todo oficio; y los soldados, encargados de las faenas
ordinarias; clase denominada _el pueblo_ y considerada como inferior a
la primera. Esta distincion hereditaria, que escluia de los adelantos y
empleos de primer orden a una parte de la nacion, debia ser
necesariamente un obstaculo para la marcha progresiva de la civilizacion
y de la industria.

El orden de las atribuciones respectivas del mando entre los indigenas
de cada mision, comparativamente a lo que digo de Chiquitos[1], era como
sigue.

[Nota 1: Vease la descripcion de esta provincia.]

El _cacique_, gefe de la mision, recibia de los Jesuitas instrucciones
inmediatas relativamente a todos los ramos de la administracion, y tenia
bajos sus ordenes, para hacer sus veces, un _alferes_ y dos _tenientes._
Ademas de estos empleados, habia dos _alcaldes de familia_ y dos
alcaldes del pueblo, dependientes tambien del cacique. Estos ocho
magistrados componian el _cabildo_ y se distinguian por el baston con
puno de plata que llevaban.

La _familia_ se componia, en cada ramo de industria, de un mayordomo y
de su segundo, quienes ocupaban, lo mismo que en Chiquitos, los lugares
inmediatos al del maestro de capilla y del sacristan mayor. Habia
mayordomos de los oficios de pintor, de carpintero, de tegedor, de
tornero, de herrero, de platero, de zapatero, etc.

El _pueblo_ se dividia en _parcialidades_, cada una de las cuales estaba
subordinada a un capitan y su segundo. Estos capitanes eran los
comandantes de las embarcaciones, y dirigian en las espediciones a los
soldados o remeros. Habia luego varios otros cargos, como el de _alcalde
de estancia_, individuo comisionado para cuidar las haciendas y atender
a la cria de ganados; y el de _fiscal_, titulo que se daba al ejecutor
de las sentencias dictadas en los juicios. Todos estos empleados
subalternos llevaban en senal de distincion una vara negra, y en las
grandes festividades religiosas marchaban entre las corporaciones del
_colegio_.

Si se ha de juzgar del estado de industria de Moxos, por lo que aun
queda de ella a pesar de los atrasos debidos a la ignorancia y a la
negligencia de los curas y administradores que se han sucedido desde la
expulsion de los Jesuitas, se ve que a mediados del siglo anterior, no
debio quedarse muy atras en sus progresos esta provincia entre los
demas pueblos hispano-americanos. Fabricabanse en ella tegidos finos de
todas clases y diversidad de otros objetos. La comunidad proveia de
vestuario a todos los indigenas; y tanto los hombres como las mugeres
llevaban el _tipoi_ de algodon: ambos sexos tenian la costumbre de
dejarse crecer la cabellera. Para el trabajo en comun, sea en los
campos, sea en los talleres, todo se hallaba arreglado a la manera que
en Chiquitos: era permitido entretanto a cada indio el labrar por su
cuenta un campo particular.

Las horas de devocion se sucedian mas a menudo que en la citada
provincia; y como ya se dijo, las penitencias corporales iban de par con
el fanatismo; de lo que se infiere que los Jesuitas debieron ser mucho
mas rigidos para las practicas religiosas en sus misiones de Moxos.
Tambien es verdad que los naturales, estremadamente supersticiosos, se
prestaban a ello, como sucede hoy en dia, con una especie de entusiasmo
que rayaba en frenesi. Acostumbrados a martirizarse en los ejercicios de
su culto primitivo, nada tenia de estrano que al convertirse al
cristianismo hubiesen conservado el mismo fervor, y sobre todo la misma
insensibilidad fisica. El hombre que en su estado salvage no trepidaba
en sacrificar su muger y sus hijos a necias supersticiones, y en
someterse espontaneamente a todos los sufrimientos, no podia tener
ciertamente el menor escrupulo en hacerles aplicar por el fiscal, a la
mas leve falta, azotes o otro genero de correccion, y en hacerse
castigar el mismo toda vez que creia haber ofendido a la divinidad. Por
lo demas, parecera menos sorprendente semejante fanatismo, si se
considera el estado de aquellos tiempos, en que la inquisicion dominaba
en Espana, y en que los actos esteriores, muy al contrario de lo que
sucede actualmente, eran todo en materias de religion[1].

[Nota 1: Aun se ven hoy en dia, en el palacio de la Favorita, cerca de
Baden, los instrumentos de suplicio que durante la semana santa se
aplicaba voluntariamente la favorita.]

La comunidad suministraba tambien la manutencion a los indios,
distribuyendo cada quince dias una racion de carne: cada mision se
hallaba provista de los utensilios necesarios para toda clase de
trabajos. La buena memoria que los Moxenos han dejado del tiempo de los
Jesuitas, entre sus descendientes, nos hace ver que se reputaban por muy
felices a pesar de la estrecha dependencia en que vivieron. Los actuales
moradores, que conservan religiosamente la tradicion de aquel entonces,
suspiran por una existencia que no han conocido, mas venturosa que la
presente, y agena sobre todos de las tristes inquietudes del porvenir.

En el ano de 1767, la provincia de Moxos se encontraba en el estado mas
floreciente con respecto a su industria y a sus monumentos. Sus
productos anuales ascendian a la suma de sesenta mil pesos poco mas o
menos; y en el pueblo de San-Pedro, mision la mas central y capital de
aquel vasto territorio, se veia una magnifica iglesia, rica de
esculturas y resplandeciente de ornamentos de plata[1] y de piedras
preciosas, de que se hallaban cubiertas las imagenes de los santos.
Viedma, cuya imparcialidad era conocida, hablando de los Jesuitas,
escribia en 1787[2]. "Estos religiosos, a impulsos de una fina politica
y dedicada aplicacion, consiguieron poner aquellos pueblos en el mayor
estado de prosperidad, con los frutos de sus fertiles terrenos
cultivados por los indios, e industriosas manufacturas que les fueron
ensenando para el beneficio de ellos con maestros habiles. El sumo grado
de felicidad a que llegaron las misiones de Moxos en tiempo de su
espulsion, esta de manifiesto en la entrega que hicieron de los quince
pueblos que componia el todo de ellas."

[Nota 1: No bajaba ciertamente de veinte quintales el total de la plata
invertida en los adornos de esta iglesia.]

[Nota 2: _Informe_, Descripcion de Santa-Cruz, pag. 140, Sec. 496.]

Tal era el estado de Moxos en el citado ano de 1767 en que fueron
espulsados los Jesuitas de todas sus posesiones. Obedeciendo a una
simple orden que les fue trasmitida por la audiencia de Charcas,
retiraronse estos misioneros, un siglo despues de su primera entrada en
esta dilatada provincia, dejando en ella, en vez de tribus hostiles y
salvages, una poblacion medio civilizada y en las mas completa armonia.


_Cuarta epoca, desde la espulsion de los Jesuitas hasta 1832._

Tan luego como se alejaron los Padres jesuitas, Francisco Ramon de
Herboso, obispo de Santa-Cruz, dio un reglamento, aprobado por la
audiencia de Charcas, el cual ordenaba que se conservasen todas las
instituciones de aquellos religiosos, siendo estos reemplazados por
curas, a cuya arbitrio se abandono el gobierno espiritual y temporal de
las misiones. Este reglamento autorizaba tambien la libertad del
comercio con los habitantes de Santa-Cruz. La provincia de Moxos recibio
ademas, un gobernador escogido entre los capitanes de la real armada,
pero sin poderes para intervenir en la administracion de los curas, de
donde resultaron naturalmente grandisimos desordenes. Estos curas,
careciendo de una educacion especial para la direccion de los ramos de
industria, y sin conocimiento alguno del lenguage, no se ocuparon de
otra cosa que de sus intereses personales. En los veintidos anos que
permanecieron en sus curatos, "los efectos," como dice Viedma[1],
"fueron muy contrarios a las esperanzas de conservar y aun adelantar
aquellas misiones, pues en el tiempo que gobernaron los pueblos sus
curas, vinieron a quedar un triste esqueleto de lo que habian sido. Los
quince de Moxos se redujeron a once, y su opulencia, parte de ella
trasplantada a los dominios portugueses, causando los progresos de sus
establecimientos que tanto nos perjudican. Los infelices indios
perdieron aquella inocencia de su buena educacion. El vicio florecia a
la sombra del ocio, con el olvido de las preciosas artes que solo para
la utilidad del cura hacian despertar aquellos miserables con el rigor y
la violencia. Los gobernadores autorizados testigos de tantos
desordenes, no podian poner remedio por serles prohibido mezclarse en el
gobierno economico de los curas, y las quejas y representaciones no
alcanzaban la fuerza necesaria."

[Nota 1: _Informe_, pag. 140, Sec.498.]

Las misiones de San-Jose, de San-Borja, de San-Martin y de San-Simon
fueron entonces abandonadas por los curas.

Siguiendo adelante los abusos, llegaron a ser intolerables; empero,
entre los gobernadores espanoles, mudos testigos de tan lamentable
estado de cosas, a que no les era dado poner remedio, hubo uno que se
atrevio a levantar la voz: este fue don Lazaro de Rivera, quien presento
sucesivamente a la audiencia de Charcas, en 1786 y 1787[1], varias
memorias, expresando el voto de los habitantes de San-Pedro, de Trinidad
y de Concepcion, que deseaban pagar el _real tributo_, y sustraerse al
estremado rigor con que se veian tratados por los curas, quienes
frecuentemente los hacian azotar por mero capricho, en tanto que
escandalizaban al pueblo con la depravacion de sus costumbres. En uno de
estos actos, los jueces de Trinidad declararon, que su cura habia
mandado poner en el cepo, despues de haberle hecho dar cien azotes, a un
indio, cuyo delito era haber obedecido, sin su licencia, a una orden del
teniente-cura.

[Nota 1: Tengo en mi poder todas estas memorias, de que estraigo las
circunstancias referidas.]

Habiendo sido infructuosas las diligencias practicadas por don Lazaro de
Rivera para hacer que los indios fuesen sometidos al tributo, logro a lo
menos, en 1789, que se adoptase un nuevo plan de reforma, que consistia
en dejar a cargo de los curas el poder espiritual, mientras que la
direccion industrial de cada mision seria confiada a un administrador
secular, encargado de servirse para ello de las antiguas reglas
establecidas por los Jesuitas. Este nuevo reglamento prohibia el
comercio bajo las penas mas rigurosas; por manera que los indios
vinieron a verse mas esclavos que lo habian sido antes, y a tener, en
vez de un absoluto senor, dos, cuyas continuas disidencias y mala
conducta hicieron mas rapida la ruina de las misiones. No obstante, en
el primer ano que rigio el nuevo reglamento, todavia pudo la provincia
suministrar al Estado la suma de cuarenta y seis mil duros.

Don Francisco Viedma[1], intendente de Cochabamba, movido por los
sentimientos mas liberales, quiso sustraer de la esclavitud a los
habitantes de Moxos; pidio la emancipacion de esta provincia, y su
sometimiento a las leyes que regian las demas posesiones espanolas del
nuevo mundo; pero la audiencia de Charcas sostuvo el reglamento de
Rivera, que en 1832 aun servia de regimen a los administradores.

[Nota 1: _Informe_, pag. 142, Sec. 505.]

Si la medida tomada por la audiencia de Charcas ha contribuido por una
parte a la conservacion de las misiones de Moxos, por otra, la rivalidad
entre los poderes religioso y secular, asi como la ninguna instruccion
de los mandatarios, han sido un manantial de funestos desordenes. Casi
todos los empleados, dejandose dominar por la avaricia, sobrecargaban,
en beneficio de sus particulares intereses, las penosas tareas de los
indigenas, en tanto que el Estado veia disminuir poco a poco sus rentas,
sin poder proveer de lo necesario a las misiones para que llevasen
adelante su ya decaida industria; por manera que desde entonces la
provincia no hizo mas sino vegetar.

Los primeros gobernadores, elegidos entre los capitanes de la real
armada, ensayaron todavia algunas mejoras. En 1792, bajo el gobierno de
Zamora se dividio la poblacion de Magdalena para formar San-Ramon; en
1794 se fundo la mision del Carmen con los indios Chapacuras; y en 1796
se transfirio San-Joaquin; pero poco despues ya se contentaron con
enviar habitantes de Santa-Cruz para gobernar a Moxos.

Mientras duro la guerra de la independencia, la provincia de Moxos se
vio del todo abandonada, y permanecio fuera de las contiendas politicas
que desde 1810 hasta 1824 sacudieron el resto del continente.
Acordaronse de ella sin embargo para hacerla contribuir con los tesoros
de sus iglesias. Las alhajas de las virgenes y de los santos habian sido
arrancadas anteriormente, y solo quedaban los enchapados de plata de los
altares, que acaso no pudieron sustraer por haberse entregado al peso en
los inventarios; mas en 1814 el general Aguilera, falto de recursos para
sostener las tropas espanolas, envio de Santa Cruz a su hermano para que
despojase a cada iglesia de una parte de sus ornamentos: la de San-Pedro
solamente dio setecientas cuatro libras de plata maciza.

La rigidez del gobernador Velasco suscito en 1820 la primera pendencia
entre los indigenas y la autoridad. Injustamente quejoso este
gobernador, del cacique de San-Pedro, llamado Marasa, lo hizo venir a su
presencia y le mando deponer el baston, distintivo del poder. Negose a
ello el cacique, alegando que Dios le habia conferido aquel privilegio.
Ciego de colera al verse desobedecido por un indio, mato Velasco al
infeliz Marasa de un pistoletazo en el pecho. El hijo de la victima,
atraido por los gritos de los jueces, vino a recoger el cuerpo de su
padre, y sublevo inmediatamente a los Canichanas contra el gobernador,
que se encerro con sus soldados en el antiguo colegio de los Jesuitas,
haciendo de vez en cuando algunas descargas sobre los indigenas, cuya
irritacion subiendo de grado, les arrancaba gritos de desesperacion y de
venganza. Finalmente, no pudiendo penetrar en el colegio, amontonaron al
rededor de el, a pesar del fuego activo de los sitiados, cuanto sebo
encontraron en los almacenes, y las llamas no tardaron en apoderarse del
edificio. Forzado a salir el gobernador murio a manos de los indios
junto con la mayor parte de sus soldados. Los preciosos archivos de la
provincia, que contenian todos los trabajos manuscritos de los Jesuitas,
fueron enteramente consumidos en este incendio.

Mas tarde se mandaron tropas de Santa-Cruz para sugetar a los Canichanas
de San-Pedro, y esta mision, que habia sido hasta entonces capital de la
provincia, cedio su rango a Trinidad y fue transferida a otro punto.
Moxos ha decaido constantemente, y en 1829 sus rentas no alcanzaban a
veinte mil pesos, mientras que en tiempo de los Jesuitas habian llegado
hasta sesenta mil.

En 1830 se hallaba gobernada esta provincia por don Matias Carrasco,
hombre instruido y benevolo, que cuido mucho de reformar los abusos;
pero descontento de la comportacion de los empleados subalternos,
abandono su puesto, y de regreso a Cochabamba, su patria, publico bajo
el titulo de _Descripcion sinoptica de Moxos_ un interesante opusculo[1]
en el que senala infinidad de abusos, y aboga enardecidamente por la
libertad en favor de los habitantes de Moxos.

[Nota 1: Este escrito consta de veintiuna paginas impresas.]

En 1831, durante mi permanencia en Chiquitos, propuse al gobierno el
entablar entre esta provincia y la de Moxos una permuta de sal por
caballos; lo que tuvo a bien acordar desde luego.

Al siguiente ano, despues de haber recorrido todo el territorio de Moxos
con el objeto de examinarlo circunstanciadamente, volvi a encaminarme
por sus llanuras hacia la cordillera, llevado del intento de buscar una
via de comunicacion menos peligrosa que la de Palta-Cueva, y deseoso, al
mismo tiempo, de dar alcance en Cochabamba al Presidente de la
republica, a fin de someter a su examen mis proyectos de mejora y
reformas, aplicables a la administracion general de la provincia de
Moxos en beneficio particular de sus moradores. Habiendome visto en el
caso de poder apreciar el excelente caracter y la buena indole de los
Cayuvavas, pedi al gobernador que se me diesen algunos remeros de
Exaltacion para conducir mis canoas, y preparado para este largo viage
de trecientas a cuatro cientas leguas a lo menos, empece por subir hasta
el pais de los Yuracarees, de donde me encamine por paises salvages, los
mas accidentados del mundo, hasta llegar a Cochabamba en 10 de junio de
1832. Pase a ver sin perdida de tiempo al Presidente y le hable de la
provincia de Moxos, dandole parte de los numerosos abusos que alli se
cometian, y esponiendo los medios de reforma que me parecian
convenientes. Despues de haberme escuchado atentamente me encomendo la
redaccion de una memoria detallada, de acuerdo con el senor Carrasco,
para que sirviese de guia al nuevo gobernador que iba a mandar, y al
obispo de Santa-Cruz, a quien se imponia el deber de visitar la
provincia cuidando de reformar los abusos religiosos. Presentele
igualmente mi proyecto de abrir una nueva senda de comunicacion con
Moxos, plan que aprobo, manifestando algun recelo por los riesgos a que
iba yo a esponerme. Tuve por ultimo la satisfaccion de ver que todo
salia al tenor de mis deseos, y que no habia yo interpuesto en vano mis
buenos oficios por el bien de los pobres indigenas de estas misiones.

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